poema · seis movimientos
Allí nacen los colibríes y los alacranes
entre la humedad del rocío en las hojas y la humedad que se impregna en las piedras de río.
El reloj suena.
Cada segundo se hace uno con el eco de los pasillos vacíos;
pasillos vacíos llenos de vestigios de muchas vidas.
El reloj suena,
canta la melodía universal entendida por todos.
Las ventanas se cierran;
es tiempo, el reloj repite.
Las ventanas se cierran;
al cerrarse, una onda vibrando al hacerlo.
Los días tumbados en el césped pasan rápidamente:
un olor cítrico prominente,
un cosquilleo de insectos subiendo lentamente.
Entre las manos se cuelan las hojas del pasto;
entre las manos del árbol se escapa el sol que atrapa.
La verdadera nostalgia es mirar arriba,
mirar arriba porque es lo único que mirábamos.
La verdadera nostalgia es el ansia de trepar alto —como un niño subiendo a un árbol—,
trepar alto porque en el presente siempre deseamos
ver lo que no está a nuestro alcance.
Una garganta que en las lluvias escupe torrentes,
torrentes que caen al pasto, que erosionan la tierra,
tierra que se ve desde un arco-ventana en las alturas,
tierra suave y una vegetación testaruda.
Tréboles que se resisten a ser atrapados bajo el concreto,
un sabor ácido terroso en lo más profundo de mis memorias.
Allí, donde nacen los colibríes y los alacranes,
mi memoria yace:
en los vestigios de tus manos,
en una banca bajo las ramas,
en las sombras traslapadas de los tiempos que avanzan,
en las hojas que cada otoño tapizaban el suelo,
pero sobre todo,
en la ventana que devolvía mi mirada
y ahora yace vacía.