Lazarus

Ooteca · siete movimientos

Con tus mentiras
Al Infierno me duermo
Porque el Infierno es la única verdad — Asilos Magdalena, The Mars Volta

Escucho un susurro que viene del techo, diciéndome que los gusanos me han escupido lejos de la estrella negra, de vuelta al frío azulejo de mi guarida.

Volteo a las ventanas, la luz se cuela, pero no viene del cielo: viene de linternas que buscan mis pecados. Incluso el infierno me ha traído de vuelta a la verdadera condena: el vivir.

Un insecto se anida en la esquina del cuarto, su exagerado número de ojos no es casualidad: me vigilará siempre. Un insecto se anida en la esquina del cuarto, ha salido de mí.

Busco la cicatriz abierta en mi espalda, busco la cicatriz abierta en mi costado, de algún lugar tiene que venir. Rasgo las vestiduras, telas que huelen a formol y ceniza de un teatro, las quemo en el lavabo, no debe quedar rastro de dónde vengo, debo cerrar las puertas.

El humo dibuja una silueta que me habla pero no comprendo sus palabras. ¿Viene por mí? ¿Soy yo? ¿Es lo que verdaderamente soy? ¿Me llevará de regreso?

Los espejos me reflejan, me veo pero no en mí mismo, sino contenido en mis ojos. En un algo más me he contenido, las marcas de sus garras se ven en mi piel, en la piel del ser en el que estoy atrapado.

A mi lado está mi pasado, materializado en un ente amorfo; a mi costado está también todo lo que no fui —todos mis deseos ocultos y decisiones no tomadas encarnadas—, una profundidad que se escurre desde dentro y hacia adentro de mí, un hipercubo viscoso colapsando en mí.

Mi diafragma es un lienzo que se desgarra solo, sangrando tornasol en un estigma de mercurio.

Esta herida es un portal donde él susurra y su aliento huele a pólvora vieja.

Una legión de sombras lame mi columna como fósforos sobre piel de reptil recién mudada. Son élitros de escarabajo raspando las paredes de mi cráneo.

Este cuerpo es el asilo donde los espejos gestan demonios, demonios que nacen de mí. Soy el parto que nunca cesa.

Silba el viento por la rendija debajo de la puerta, es quizá un aviso de alguien que viene. El silbido no es constante, debe ser algún código; morse —corto, corto, largo—, debe ser eso. ¡No! ¡Es música! Debe ser alguna melodía que invoca demonios. Corro a la cocina buscando un trapo para mojarlo y ponerlo en el piso para detener el ruido.

Corro, lo logro, me tumbo al suelo, ¿es el frío de la pared o una extraña presencia la que me eriza los brazos? Es el silbido nuevamente, la puerta de atrás será el nuevo sitio de entrada. Me precipito, resbalo con un charco de agua.

Un golpe en la cabeza en la mesa de centro de la sala, una neblina que se disipa a medida que siento el dolor, abro los ojos y veo un frasco que reconozco, ¿deberé tomar una pastilla? ¿Son los demonios que me engañan para no dejarme estar alerta?

Desplázate